Depredadores

Martín entendió por fin que hay muchas formas de agredir a una persona, la de ir anulándola poco a poco, era una de ellas. Sin golpes, sin cicatrices, sin marcas, pero digno de un depredador de vidas ajenas.

 

No recordaba cómo era. Había customizado tanto sus maneras, que ahora le resultaba complicado incluso elegir su ropa para ir a una importante reunión que tenía esa misma mañana.

“ Adoro como eres, Martín” solía decirle su mujer cuando no eran más que un par de enamorados caminando hacia la Universidad.

 

Martín, estaba absolutamente descolocado, demasiados años intentando ser otro. Le fascinaba la habilidad con la que aquella mujer le había hecho cambiar hasta el punto de no reconocerse.

 

Cuando la conoció, hacía ya unos 20 años, solían juntarse con la familia de él a comer cada domingo y disfrutaba muchísimo de sus padres y sus hermanos. “ Me encanta que seas tan familiar, Martín”, era una de las frases recurrentes en aquellos inicios mágicos.

  

Martín siempre fue deportista, amaba la adrenalina de salir en bici varios kilómetros al día por montaña, el placer de nadar o correr antes de que saliese el sol. También entrenaba un grupo de críos del barrio aficionados al fútbol sala. "Me gusta tanto que hagas deporte, Martín. ¡Eres tan generoso con tu tiempo!” le decía ella mientras sonreía y le rodeaba con sus brazos besándole con pasión.

 

Amigo de sus amigos, disfrutaba de una buena cena con mejor tertulia y alguna ruta de garitos por los que pasar un buen rato y tomar alguna copa con ellos. “Martín, tienes una vida social tan activa! te adoran, me encanta lo divertido que eres” solía decirle también.

 

Con el paso de los años, todo aquello por lo que ella se enamoró de Martín, se convirtió en una fuente de discusiones interminables que iban desgastando su vida, su carácter, sus ganas y su corazón...Ella le decía constantemente que le necesitaba, que se quedase a su lado a todas horas, que si la quería de verdad renunciase a pasar tiempo con otras personas. Martín amaba a esa mujer, la amaba por encima de su familia, la amaba por encima de sus amigos, de su amor por el deporte, incluso por encima de sus camisetas de Skid Row ( algo que antaño...también parecía encantarle a ella).

 

Una tarde, poniendo en orden el despacho, encontró una caja llena de trastos (tesoros) que hacía tiempo había perdido de vista, entre ellos había un trofeo ( el único) que habían conseguido con el equipo de jóvenes que entrenaba junto a su hermano - “ qué será de ellos” - se preguntó. Debajo del trofeo, sus camisetas de Metallica, Guns y Barricada. Dios! cómo le gustaban esas camisetas! También encontró dorsales viejos de triatlones de hacía años y viejas fotos de fiesta con sus colegas de siempre...a los que también extrañaba.

 

Martín entendió que no era ni la sombra de lo que fue.

 

Le parecía muy injusto que aquella mujer que se enamoró de él por su estilo de vida, era la misma persona que en nombre del amor le había llevado a abandonar todo cuanto fue.

 

El amor se había convertido en una rutina cómoda de la que él también era responsable, porque dos no hacen, si uno no quiere. La dependencia emocional en la que se veía atrapado, podría haberse evitado, tal vez debería haber luchado más por sus deseos, tal vez podrían haber negociado tiempos, tal vez podría haberse dado cuenta antes, tal vez, tal vez, tal vez…

Hoy, ella es su exmujer, y los “ tal vez” dejaron de ser importantes para Martín. 

 

Decidió ponerse unos tejanos y la camiseta de la última gira de Aerosmith en la que tocaron en nuestro país. Tenía una reunión importante y quería causar una buena impresión, esa camiseta era igual de imperfecta y genial que su nueva vida, llena de lecciones, de errores, de amor, de desamor, con algo de heavy y sobre todo con muchas, muchas ganas de AMAR y ser amado plenamente, sin condiciones, sin miedo, sin renuncias, sin sufrimiento, con los ojos desbordados de besos para regalar.

 

Inés Torremocha - DEPREDADORES