Las últimas MIL veces

Ana sabe que lo que duele, no es la roca con la que tropiezas, sino las veces que tropiezas en esa misma roca y las heridas que marcan tu alma cada vez que permites que eso suceda.

“Esta es la última vez”, se dice cada vez...cada vez que no manifiesta a su pareja cómo le hace sentir que la subestime, cada vez que no expresa a su madre lo que detesta tener que ir a comer a su casa cada domingo del año, cada vez que permite a Lucía ponerla en evidencia delante de sus amigas, cada vez que la noche termina abrazada a la taza del váter después de demasiados gin tonics y desapasionados encuentros con hombres o mujeres de quita y pon, cada vez que no hace deporte cuando se lo propone, cada vez...siempre es la última vez.

Sobrevive con la etiqueta de frágil y la socorrida frase de “ya si eso, mañana empiezo” pero la realidad se viste de certezas y Ana, vive atrapada como una bestia a la que han privado de su libertad.

Consiguió un empleo, pero guardó esa increíble noticia en uno de sus bolsillos secretos, inventó un pretexto creíble para no acudir aquel domingo a casa de su madre a comer y se fue a pasear por las calles de aquella ciudad llena de vida en la que se sentía una extraña pese a los años que llevaba viviendo allí. Entró a tomar un café en un bar ruidoso que hacía esquina y pidió lo de siempre: café.

Desde dentro del bar, a través de los cristales, podía ver un malabarista callejero hacer las mil y una acrobacias mientras bailaba con sus manos tres pelotas de goma, le pareció tan hábil que no pudo por menos que darle un par de euros cuando salió de aquel bar desde el que había disfrutado del espectáculo.

El malabarista, de vaqueros raídos y sombrero de bombín gastado, le sonrió agradecido, y sin dejar de mirar a los ojos de Ana, comenzó a volar las tres bolas de nuevo mientras le preguntó:

 

- Con cuál de ellas te quedarías ¿Libertad, amor o seguridad?

- ¿Tengo que elegir una? - preguntó Ana intrigada.

 

El artista callejero asintió con la cabeza sin dejar de mirarla a los ojos y con la destreza de seguir moviendo las tres bolas.

Ana, con determinación, eligió una de las tres.

 

Regresó al pequeño piso que compartía con el que desde ese mismo momento decidió que sería su ex-novio, recogió los pocos enseres que allí tenía y salió a la calle en dirección a una nueva vida en la que seguiría lidiando con las dolorosas piedras del camino, pero con la promesa de que esas piedras serían nuevas. Determinó que “la última vez” de muchas cosas iban a ser definitivamente episodios del pasado y que podía ser una bestia sin su jaula con toda la intención de domesticarse solo a medias para vivir en paz con sus instintos. Al fin y al cabo, había optado por una de las tres invitaciones que  el malabarista callejero le ofreció, y esta vez no se iba a defraudar.

 

¿Seguridad, Amor, Libertad? quién sabe cual de ellas escogió Ana aquella mañana, necesitará también aprender a danzar con cualquiera de las otras dos alternativas, la cuestión no es cual de las tres opciones escogió, la cuestión es que por primera vez en mucho tiempo, HABÍA ELEGIDO.

 

 

Inés Torremocha - Las últimas mil veces